Es lo que tiene ser una celebridad pública del internete. En un desliz dejas caer un dato personal, por ejemplo que eres callista, y a los tres minutos tienes ochenta mensajes con fotos de pieses rollo goatse pidiéndote opinión sobre durezas del tamaño de Honduras. A mi me pasa continuamente con el rollo de que soy de Donosti. Venga a preguntar por los putos pintxos, los restaurantes, las boinas, el jai-alai y toda esa mierda que yo también sólo veo en la tele.
Pero bueno, quede éste documento como piedra de Roseta y punto de reflexión sobre la gastronomía de la Bella Easo a dónde os pienso redirigir en cuanto vuelva a salir el tema, panda pesaos.
Vamos con los pintxos. Nociones básicas:
1. Son un timo para guiris.
2. Tú eres un guiri.
Es así, pichones míos. La idea del pintxo es hacer comida en raciones muy pequeñas para poder ponerle precios muy grandes y levantar el país a costa de franceses, madrileños y catalanes.
Eso son los pintxos de Donosti hoy. Un sacacuartos que ha adulterado el origen de tan preciado tesoro culinario. Porque en su origen el pintxo era un tipo honesto que ni siquiera se llamaba pincho sino banderilla, como en todas partes, y que ejercía su función de simple acompañamiento a la bebida a pie de barra. Sin más. Una Gilda, huevo con mahonesa y atún, una ocasional croqueta… y ya. Pero llegó la alta cocina, las estrellas michelín y la nueva cocina vasca y exceptuando cuatro cocineros de toda la puta vida que siguieron a lo suyo, los demás se lanzaron a una loca carrera de a ver quién la metía más gorda en las mesas de los restaurantes y por supuesto en las otrora honestas barras de la Parte Vieja.
Y aquello se llenó de mariconadas a precio de oro. Espumas, nata por todas partes, género de medianía enmascarado en mil y una reducciones de quién sabe qué, experimentos risibles y, cómo no, el simple y llano timo de toda la vida.
Así que Donosti ciudad de pintxos. Y los tontos perdiendo el culo por darse de ostias en bares diminutos para comer diminutas raciones de cocina mentirosa y en ocasiones precocinada sin pudor. Uno de estos antros míticos es el Bar Aralar en pleno corazón de la parte Vieja. Situación:
Yo- Hola, una caña y un pintxo de tortilla.
Camarero: Toma la caña y un plato, coge los pintxos que quieras, luego te cobro.
Yo: Que no, que solo quiero uno ¿no me lo puedes acercar? (El tío lo tenía a un metro)
Camarero: No, lo tienes que coger tú con el plato.
Yo: pues ahí os quedáis, tú, la caña y el puto pintxo.
Escalofriante. No he vuelto a entrar al puto bar. Curiosamente a los gabachos les encanta ese sitio y pasearse con bandejas llenas de horrores nadando en salsas sin DNI. A tres euros el pintxo, oiga. ¿Quién coño se puede fiar de un género que cuesta exactamente lo mismo, sea centollo o tortilla de patatas? No veréis a ningún donostiarra entrar ahí, desde luego.
Luego están los del rollo moderneo. Os lo recomendarán los felices timados de fin de semana a los que pidáis consejo. Clásicos como A Fuego Negro y La Cuchara de San Telmo. No niego que los he practicado a veces, pero lo cierto es que últimamente se están cebando con los precios y la calidad. Género de batalla bañado en mil y una salsas y con nombres cada vez más largos. Huir como de la peste.
También proliferan (sobre todo en la Parte Vieja) baretos que en su vida han sabido freír un huevo y que, al olor del turiscateto, adornan sus barras con montañas de chaka del Carrefour envuelta en mahonesa casera de intenciones poco honestas. Y ahí que se llenan de madrileños envueltos en servilletas trasegando como si no hubiera mañana y haciéndose fotos mordiendo pan de ayer con un champiñón pocho. “¡Como en el País Vasco no se come en ningún sitio, Montserrat!”. Angelicos.
Claro que hay excepciones. Sitios en los que aún colea un rastro de dignidad. En la Parte Vieja, el Txepetxa donde las anchoas son las reinas y con razón. Paco Bueno, o cómo sacar fritos a mil por hora y hacerlo bien. Y poco más, la verdad.
Espero no haber jodido muchas vacaciones.

Hola! Somos tontos y preferimos gastarnos el dinero en pintxos y no en camisas como Dios manda.